Poesía, Fotografía y Situacionismo en Viña del Mar

“Si un dia mi cuerpo no puede seguirla
quiero que mi sombra siga caminando
aún sin mi”.

 

Probablemente la ciudad de Viña del Mar sea hoy también fuente de algunas contrariedades para la Imaginación Situacionista. Por un lado, su origen como balneario pudiente la hace menos atractiva, menos “peligrosa” que su vecina Valparaíso. Algo hay de esto en la impronta dejada sobre un ciudadano poco dado a los espacios o exploraciones”politicamente incorrectas”, y aunque su historia industrial pueda aportar a contracorriente en este aspecto, (sobre todo en el tema de los barrios industriales autoconstruídos) finalmente ha terminado por imponerse una visión de ciudad turística, materialmente sin pasado.

Sin embargo, este borramiento y llenado light de la memoria que ha adelgazado a la ciudad hasta hacerla transparente, que la ha despolitizado hasta hacerla provocativamente marketera, puede ser un acicate para el situacionista históricamente desafiante. Cuando hablamos del ser situacionista nos referimos
a una actitud subversiva que rompe con la ciudad dominada y estructurada segun la autoridad, la legitimidad de las leyes y el mercado. Hablamos de una experiencia poética y política, difusa y no productiva que pretende licuar desde la vida los límites de la ciudad, heredados material e imaginariamente.
Pues bien, lo que sucede con el plan de Viña en uno de sus casos específicos, el eje Libertad/15 norte, obligaría al situacionista ideal no sólo a desafiar este vaciamiento institucional de turno (espacios estructurados o licitados por una administración populista) sino también a intervenir los signos dominantes de la especulación económica, devenida en gigantes inmobiliarios y espacios de hiperconsumo.

Aquí debemos hacernos una pregunta sencilla: ¿existen artistas contemporáneos que hayan sicogeografiado esta ciudad? Un simple oteo del horizonte nos evidencia que casi todas las residencias y las actividades artísticas de los ultimos 20 años, han preferido la rusticidad y las problematicas ofrecidas por el Puerto y no sin razón como lo habiamos apuntado. Frente a esto, quizás, lo que hace más situacionista, “más contracultural” el caso que documentaré es que éste irrumpió dentro del deambular, dentro de la lógica del errabundeo, sin autocoenciencia conceptual ni discursiva alguna: fue significado en el caminar y en el andar desapareció casi en totalidad.


Ver Lugar del situacionismo en un mapa más grande

En agosto del 2012, explorando los límites suburbanos de la ciudad, me encontré con un sitio que los “artistas del lugar” hubieran tildado de “borde significante”, un riachuelo en continua transformación, entre espacios abultados por la privatización inmobiliaria y las tiendas comerciales; el sitio empalmaba y lo hace todavía con la calle 18 norte, detrás del complejo de edificios que lidera la Torre Coraceros. Su norte limita con las panderetas de fierro oxidado de las antiguas petroleras de Salinas. Este lugar aparentemente insulzo – y que cualquier transeunte hubiera llamado “sitio eriazo”- efectivamente era una trastienda destinada a nada en específico, si bien esporádicamente se podían hallar escombros y basura. Los taxistas y otros choferes lo usaban como entretiempo para almorzar, dormir la siesta y evaluar las cuentas de la jornada. Lugar cochino, peligroso o desolado, como se diría, tambien servía de alberge a los sin casa, gracias a su conformación de callejon sin salida. Pues bien, lo significativo del lugar era que a lo largo de dichos límites corroídos se habían dispuesto una serie de textos cortos, escritos sobre retazos de maderas pintadas, probablemente encontradas entre los escombros adyacentes. Como si fuera una especie de intervención poética los textos colgaban de las panderetas hasta donde permitía el largo de los alambres, generando la posibilidad de un recorrido visual para quienes estacionaban o se acercaban a las panderetas. El conjunto numeroso adquiría cierta “relevancia contemporánea” porque era evidente “para mi” su correspondencia con el bricolage, el arte povera, y el reciclaje en general.

Un poco más allá, donde los escombros se densificaban, había ocurrido otra modificación intencional. Ésta sumaba a su particularidad poética el mimetismo logrado con el entorno, pues la operación había sido echa a nivel de suelo y los materiales ocupados como soportes de la escritura eran los mismos guijarros o trozos de concreto abandonados. El conjunto obedecía-según pude saber después-a un modelo de living, sala de estar o jardín pues también se podían distinguir algunas pequeñas plantas injertadas y regadas entre los textos. El resultado era tan sorprendente que, meses más tarde, cuando volví al lugar acompañado por alumnos de la universidad, algunos de ellos, incrédulos, adujeron que todo obedecía a un montaje creado y encubierto por mi con propósitos pedagógicos.

Por suerte, algunos de los trozos habían sido firmados por el autor. Pero hasta que los dispositivos artísticos no empezaron a ser destruídos o extraviados, el nombre de “Ernesto Guiller” fue durante mucho tiempo una incógnita que no tuvo urgencia en esclarecerse, pues yo entendía que lo importante aquí era el “acontecimiento”.

 

Escritor con varias ediciones caseras de poesía, pintor ocasional, “fotógrafo artístico”, perteneciente al Foto-Cine Club de Quilpué, y como dice él, “observador de la vida” a sus 70 años, había poco en la autoconciencia de Ernesto Guiller que pudiera uno relacionar con el espíritu del movimiento situacionista francés, ni menos con el arte contemporáneo chileno tan discursivo como es hoy. Su lenguaje llano y su extraordinaria empatía lo hacían un conversador de tomo y lomo, amante de las tertulias poéticas. Es más: mi lectura sobre el autor tuvo que admitir cierta paradoja- no exenta de humor- al escucharlo confesar que el 80% de sus libros los había escrito en el tercer piso del Mall Marina Arauco!! En otras palabras, Ernesto había llevado a cabo una intervención inédita en la historia del arte contemporáneo regional, resistente y hasta deconstructiva de las condiciones del exitismo consumista en Chile; pero, al mismo tiempo, la mayor parte de sus ideas poéticas habían surgido al bullicio de las prácticas del marketing y el consumo por retail! Para Ernesto Guiller el asunto no tenía nada de extraño “porque en este lugar me conocen y me permiten escribir tranquilo.De Septiembre a Marzo mi oficina se traslada a la Playa El Sol, donde todos los dias conozco a gente distinta pues me gusta conversar”.
Más adelante, al indagar sobre las circunstancias que motivaron sus intervenciones en la “trastienda del Mall”, Ernesto me señaló que nacieron de una necesidad pragmática:”Un dia me pregunté: ¿cómo puedo llegar más a la gente? Entonces escribí un texto donde la gente pudiera leerlo. Cerca de un semáforo.Las personas en auto se detienen y lo leen.” En Guiller se exterioriza un deleite transhistórico por favorecer los lazos por medio de la palabra. Y en ese sentido yo me equivocaba pues el concepto francés de la Deriva (ir a la deriva en busca de sentido) había nacido bajo los imperativos de los letristas, mayoritariamente escritores. Entonces me pregunté: ¿Son los escritores los que sacan mejor provecho de la calle? Y si el poeta deambula buscando gente para conversar, ¿qué le impide, además, encontrar elementos heterogéneos para crear imágenes bidimensionales?

En uno de nuestros encuentros en el Mall, entre algunas piezas de fotografía directa más tradicional, muy acorde con el estilo del Fotocine Club, Guiller aparta un grupo de imágenes que ocupaban una metodología cercana a su intervencionismo espacial: “Usando cuchillo cartonero, tijeras, cola fría, y yuxtaponiendo los restos de cuadros anteriores fui componiendo ‘mis creaciones'”, que registraba luego con mi cámara”.Estos trabajos, en negativo fotográfico, que el autor consideraba”subjetivos” obedecían a la práctica del collage pues usaban materiales preexistentes para luego modificarlos. La notoriedad de sus creaciones se debía a la manipulación y yuxtaposición intuitiva del color y de los fragmentos, que generaban perceptivamente un calze y descalze de los artilugios digitales del photoshop.

Como el earth-work que propugnaba Richard Long, pero en clave urbana, difícilmente hoy podríamos advertir en el lugar algunas de sus intervenciones pues han sido transformadas, trastocadas, reducidas o derivadas por los procesos aleatorios de la urbe. Como los libros que se niega a vender y que regala, la obra de Guiller está abierta de par en par.