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Deconstruyendo la cirugía estética

Las referencias de Foucault de que la medicina clínica se estructuró obedeciendo a un régimen de poder ejercido sobre el cuerpo no han sido contrarrestadas aún. Sus implicancias se nos presentan hoy muy pertinentes para analizar la serie fotográfica realizada por Daniela Bertolini.

Parafraseando a Max Weber en su definición del estado diríamos que la medicina puede definirse como aquella disciplina que ha reclamado legítimamente el monopolio de la intervención sobre los cuerpos. No siendo la única instancia (están los colegios, la Iglesia, el ejército) la clínica puede aceptarse como legítimamente violentadora de tu corporalidad porque se ofrece de forma aséptica. Es decir, altamente racional. En los hospitales como en las clínicas privadas la violencia que se ejerce arbitrariamente o de mutuo acuerdo responde a priori a ciertas condiciones de racionalidad. Los códigos de control y cuarentena, el uso de una tecnología avanzada y limpia, los protocolos y los regímenes espaciales de los centros hospitalarios tienen por objeto mantener estas condiciones y, nosotros, legos en la materia, miramos con muy malos ojos cuando estas prescripciones se vulneran y los responsables de ello quedan en la impunidad. Sin embargo, y al igual que ocurre con otras instancias de poder institucional la fotografía está vedada en estos recintos porque de alguna manera vulnera la discrecionalidad y hace visible estas operaciones de control. Podemos decir con Foucault que coloca a la intemperie la mirada médica. Y eso es inquietante.

La serie presentada por Daniela Bertolini se posiciona de forma insterticial y deconstructiva respecto a la práctica quirúrgica en un caso de cirugía estética.  La operación de la cámara, en un primer momento, fragmenta y detiene  en primeros planos las manos enguantadas de médicos. La luz cenital y focalizada (propia de los quirófanos) hace que estas extremidades emerjan sin solución de continuidad  sobre un fondo negro llevando al espectador a percibir la situación como si de una escena se tratara. Este efecto lo describiríamos como de coreográfico. ¿Una danza que recupera los movimientos invisibles de la fina psicomotricidad médica? Puede ser. Lo concreto aquí (y pienso más en una danza de tipo nietzscheana) es que lo racional -apolinio- clínico sólo tiene posibilidad de hacerse volumen irrumpiendo dramáticamente desde la oscuridad más densa a la luz, es decir, de forma tenebrística que es otra manera de decir dionisiaca.
Por otra parte, la alta connotación plástica que tienen estas imágenes abre la posibilidad del diálogo con otras obras visuales y no extraña entonces que la autora se haya referido a Rembrandt para hacer alusión al dominio de la luz sobre la anatomía. Estos densos claroscuros nos recuerdan también los artilugios maestros de Caravaggio para quien la luz debía presentar a los objetos de una manera viva de tal forma que el espectador se sintiera dentro de la escena misma.

A modo de segundo acto, y como una lección de pintura, pero también de política, la cámara de la autora ha registrado las operaciones quirúrgicas sobre el cuerpo de la paciente. Estas acciones de cortar, remover, vaciar, llenar, trasladar y coser ponen en perspectiva  lo que la publicidad por otra parte intenta negar: que el cuerpo humano es un campo de batalla.

Mauricio del Pino Valdivia.